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lunes, 12 de septiembre de 2011

señales

Ella iba detrás de mí, no porque me guste que ocupe ese sitio si no porque sencillamente así como ella maneja como si hubiera nacido al volante yo iba en patines con esa emoción que el estar encima de los mismos me provoca. Volteaba de vez en vez para cerciorarme que a distancia me seguía el paso. De repente un nutrido grupo de niñas se le abalanzó, a no ser porque ninguna pasaba los 12 años mi reacción hubiera sido otra. Se le abalanzaron casi con el mismo amor que yo lo hago, y la veían con casi la misma admiración que de mí se desprende. La dejé con "sus niñas", seguí dando vueltas observando a la distancia, no viendo, si no observando con ese embeleso que solo el amor puede generar. De repente, la hermana de una de sus alumnas se cayó de bruces, un raspón no enorme pero si lo suficiente alarmante casi para cualquier madre menos para la de ella que sin inmutarse continuó bebiendo de su té helado y sin verla le espetó a su hija que se pusiera de pie que fuera más cuidadosa.

Al mismo tiempo que la mamá de la niña mostró su preocupación en su mayor esplendor, la niña berreó como solo se puede berrear a los 4 años y entonces, ella se acercó, la levantó de la tierra, le  untó saliva, le besó la rodilla, le limpió las lágrimas, le dijo que ya había pasado, que todo estaba bien... me acerqué, nos despedimos de las mamás ensimismadas en el té. Las niñas nos acompañaron no más allá de una cuadra, y entonces confirmé que sí: que quiero con un hijo con ella, que cuando se caiga le cure las heridas con saliva..entonces mágicamente todo va estar bien.

L,lovbu!

2 comentarios:

Pamela R dijo...

Hace tiempo que no escribías algo así, ya me imagino la bella escena que describes y el final simplemente genial.

Pamela R dijo...

Hace tiempo que no escribías algo así, ya me imagino la bella escena que describes y el final simplemente genial.