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jueves, 6 de septiembre de 2012

Princesa de fuego

Se me hizo temprano para llegar al aeropuerto, más bien demasiado temprano. Tomé un incómodo asiento, me dispuse a esperar leyendo Esperando a Godot. No  leí casi nada, siempre ha sido un título que me ha costado mucho.

Propio de los aeropuertos la gente iba y regresaba sin mayor ton ni son, sin otra preocupación aparte que no perder el equipaje, no sobrepasar los kilos permitidos o correr lo suficientemente rápido para obtener un buen lugar en la fila para documentar equipaje.

Traté de verle trazas de colchón a la poco agradable silla y eché la cabeza para atrás, luego el ruido de mi estómago impidió el resto. Tenía hambre, un hambre bestial, un hambre de esos que te recuerda que solo medio desayunaste un sandwich y jugo, que te recuerda lo temprano que se te hizo y que para no desentonar te hace recordar que las tiendas de comida están en la sala de espera al abordaje lo  cual era  igual a 3 horas en promedio de espera. Hurgué en la bolsa de mi chamarra, entonces sentí ese pequeño paquete de pastillas salvavidas; nunca el nombre de un producto me pareció más idóneo.

Saqué las pastillas de limón, porque nunca me han gustado, comí el resto casi de un bocado. Giré la vista levemente, no vi bote para depositar la basura y me guardé la basura y las pastillas restantes de limón en la bolsa. Luego pensé que aunque fueran de limón, con el hambre que tenía , sin duda, me las podía comer en algún momento. Traté de acomodarme nuevamente en ese no cómodo asiento y entonces vi  las luces de unos tenis, de esas luces que te hacen marcar fuertemente el paso para que la luz no deje de prender. Eran rosas, de princesas. Recordé que jamás tuve unos tenis de esos porque no estaban dentro de lo que mi madre consideraba bonito. Veía divertida como esos pies saltaban tratando por todos lados que las luces hicieran su juego. Se detenían, sin dejar de apoyar fuertemente la pisada, giraban sobre sí. Una tía dijo "es muy notorio cuando hacemos algo por primera vez: se te nota la sorpresa, las ganas e incluso el miedo porque quieres guardar ese momento" Al recordar eso imaginé que tal vez esa era una de las primeras tantas veces que experimentamos en la vida.

Un  carrito portaequipajes paró frente a mí. Había sillas disponibles. Metí mi antepenúltima salvavidas de naranja en mi boca, la luz roja se detuvo justo ahí. Subí la mirada: un rostro completamente quemado, parecía un molde para escultura realizado en plastilina y surcado por un sin fin de navajazos, de rasgos inconclusos, de órganos delineados con prisa o quizá con tanta paciencia para que  luego una vela cayera derritiendo todo, dándole nuevas formas .  La señora, mamá de la niña, me pidió permiso para ocupar los asientos vacíos. Le dije que sí, que estaban disponibles. Vi la maleta gigante que llevaba y le ayudé un poco. La niña lo primero que vio fue mi pastilla de naranja que acaba de terminar de meterme a la boca. Volteó a ver a su mamá y le dijo "mami quiero un dulce" 

Hay cosas que no soporto en la vida, que quieran de lo que como es una de esas cosas. Que me vean comer cuando quien me ve no tiene para comer hace que se me vaya el hambre, me da una sensación de zozobra. Por lo general dejo de comer, se me va el apetito.  Le pregunté si le gustaban las pastillas de limón, me dijo que sí. Metí la mano a la bolsa y saqué las pastillas. Se las comió como si en ello se le fuera la vida.  Mientras ella comía, la observé completamente: llevaba debajo de su ropa un traje para personas que han sufrido quemaduras, supongo que ese traje hace las veces en la medida de lo posible de piel.  Vi alrededor: la gente la veía con morbo, algunos niños la señalaban, otros pasaban a nuestro lado y agachaban la mirada.  Supe que era niña porque lo primero que vi fueron sus tenis rosas de princesas y ya luego, toda su ropa era rosa. Pero para la gente que no repara en detalles, ella hubiera sido solo un humano más: con esas facciones que no se sabía si comenzaban a tomar forma o desdibujarse, esa careta como para representar el fantasma de la ópera, ese piel falsa que llamaba la atención  a todas luces y ese cabello rigurosamente corto. Se quedó sentada a lado de su mamá viendo la gente pasar.

Su mamá me pidió que le cuidara la maleta y fue al baño. Al regresar le pregunté qué le había pasado a la niña:

"Soy de Tabasco, somos muy pobres. Figúrese esta es la primera vez que nos subimos a un avión y no sé ni qué. Lo que pasó fue que unos vecinos tenían gusanos en su casa, salieron de repente y ya tenía días queriendo matarlos. Un día los roció con gasolina y se hizo como una fogata bien grande y los vecinos salieron a ver. Salió mi niña, traía un vestidito y apenas le gritamos que no se acercara, nada más vimos como se prendía completita. Fue bien rápido" 

A la señora no se le cortaba la voz, quizá lo había contado tanto que solo en sus ojos se podía ver el dolor de evocar el pasado.

"La quitamos del fuego, nos la llevamos al hospital...no no la contaban ya. Se puso bien malita. A los días, una fundación supo de nosotros y se la llevaron, así malita a Estados Unidos, al hospital para niños quemados. Se fue solita, yo me fui después. Me dieron pasajes de camión y tardé unos días en llegar. Todo bien distinto, nombre´ atienden a uno muy bien. Yo, pa´que le miento no llevaba más que un cambio. Mucha preocupación, eso sí llevaba. Pasaron los días y se fue poniendo mejor, comenzó a hablar, a comer, a ir a terapias. Aparte hay muchos niños y ahí entre ellos no se sienten mal, no se ven distintos. La gente me ha ayudado mucho"

Justo mencionó a esa gente que tanto le ha ayudado cuando se acercó la señora del aseo y le dio un billete de de cien pesos para que le comprara comida  la niña.

-Y ¿Entonces ya van de regreso?
-Ya, después de seis meses, apenas vamos. Llamé a mi familia y les conté como se ve.

"Ella no era así: tenía su cabello largo, casi hasta la cintura, bien bonito. Los ojos grandotes que le brillaban. Su nariz también la tenía bien bonita, así como para revista. Pero el vestido prendió todo: de las rodillas para arriba todo prendió bien rápido. En Tabasco, no no la contaban y miré ahora ya vamos de regreso. Nosotras que nos fuimos sin nada, ahora traemos esta maleta llena de cosas que nos regalaron. Juguetes que jamás pensé comprarle, ropa bien bonita, ropa que me dieron para que yo la use. Esta otra maleta es pura medicina: cremas, caretas, pastillas. Nada me cobraron"

Luego la niña se paró justo en frente de mí. Se puso a jugar con mi maleta. No sé como pero terminamos corriendo en el pasillo, nos perseguíamos. Su vuelo salia hasta la noche. Mientras corrimos por cada centímetro de la sala. La pesé en la báscula y hasta nos pusimos a hacer estiramientos de las manos (a mí se me olvidaba el hambre y a ella le ayudaba con sus ejercicios para evitar un edurecimiento a causa de los excesos de piel).

Le restan un sin fin de operaciones para obtener tejido y tratar de resarcir las cicatrices de las quemaduras en  la medida de lo posible. Me pidió más pastillas, por más que busqué ya no encontré.No sé por qué seguí buscando si esas pastillas de limón eran las últimas que me quedaban.

Se me sentó en las piernas y se acomodó. La gente nos veía, quizá pensó que yo era algo más que alguien a quien se acaban de topar hacía unas horas. Varias personas preguntaron "qué le pasó al niño" y escuchaba como su mamá decía "es niña" y yo pensaba la gente lo primero que le ve es la cara no repara en los dibujos, mucho menos en los tenis con luces y dibujos de princesas.

Mientras se acomodaba y me contaba de sus hermanas, de las hamburguesas que comió que nunca antes había comido, de la catsup,  de cómo era un avión, de si sentía feo o no, de si no se caía...Me soltó lo que sin duda para ella era lo primordial:

-¿Verdad que soy una princesa?

Y entonces no sé como le hice para estar entera porque sentí que algo por dentro se me deshacía.

-¿Verdad que soy una princesa aunque no tenga el cabello largo y brilloso como lo tenía antes. Verdad que soy una princesa aunque no se me vean muy bien los ojos y aunque mis manos no se vean como las de todos. Verdad que soy una princesa aunque tenga que salir con un sombrero y mi máscara a la calle?

Me tragué el nudo que desde hacía rato, cuando su mamá me platicaba el accidente, se me había formado en la garganta , en el pecho, en el estómago o en las tres partes a la vez. Le dije que jamás dudara que era una princesa.  La tomé de la mano, nos alejamos en la sala, le dije que viera a toda las personas que pasaban.

-¿Ves a personas iguales?
-No
-Es porque todos somos diferentes.No hay dos como tú, ni dos como yo, eso o es lo bonito.
-Todas las princesas somos diferentes, verdad.
-Todas.

Nos regresamos.

La mamá me preguntó cosas del vuelo, revisamos unos detalles. En eso anunciaron mi vuelo, me despedí, le recordé que no dejara de ir a ese módulo con esa carta que me había enseñado en donde venían un sin fin de notas sobre su equipaje. Me abrazó, me agradeció aunque le insistí que no era necesario. Luego, la pequeña me abrazó, me pidió que no me fuera y ahora sí se me salió una lágrima, le dije que ya iba a ver a sus hermanas, a su papá a todos y que más tarde se subiría a un avión  para que viera lo padre que es volar y que no caería ni pasaría nada malo. Me abrazó, me dio un beso, se lo devolví. Les deseé buen viaje. Ya cuando estaba en la fila oigo su voz de apenas 5 años que me grita

-Bonito viaje,princesa.


Y vi como su mano agitada en señal de  despedida se iba alejando mientras cruzaba el pasillo  que daba a la sala de abordar.


Septiembre 2012 LBVB

2 comentarios:

Pamela dijo...

¡Lovb!

Pensé que ibas hablar de algún libro. Me hiciste llorar con éste relato, mis lágrimas fueron una mezcla entre tristeza por lo que le pasó a la niña y ternura.

Espero que nunca se le olvide todo lo que le dijiste, sobre todo aquello de: "Todos somos diferentes, no hay dos como tú, ni dos como yo, eso es lo bonito".

Se me hizo pasa el corazón cuando la niña te dice: Bonito viaje, princesa.

De verdad hermoso, conmovedor.

Pff ya hacía falta un post así.

Marlene dijo...

"Pequeños toques hacen grandes rasgos."

Es usted muy dulce y muy tierna señorita Vivi, experiencias como esta nos hacen reafirmar que lo que realmente nos hace valiosos es... lo que atesoramos en nuestro interior.

Un beso... Princesa =)