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viernes, 13 de septiembre de 2013

La revancha del postre: ¡corre!

Tal como quedamos el día de la fiesta de quince años, el día de la carrera llegó. A destacar: tuve días pésimos y el clima húmedo solo afectó mi molestia en la rodiilla, por lo que no pude entrenar como quería. Pero punto a destacar: mi condición física está a muy poco de ser indiscutible. Mi meta: bajar mi tiempo a 25 o mínimo 20 minutos. Pero no hay que olvidar que mi amigo me invitó de muy buena gana y de ese mismo modo accedí (aunque no hay que olvidar que me dijo gorda por comer dos vasos pequeños con postre y que le dije que lo haría pagar ese comentario a cada kilómetro)

Días antes, mi amigo me dijo que no había tenido tiempo de entrenar, que la gastritis lo había atacado los últimos días, su rodilla también andaba resentida (y vaya que lo entiendo, ya que el clima está o húmedo o muy húmedo), andaba en ceros, que no me iba a poder seguir el paso y no podría ir a mi ritmo ni bajar el tiempo. Dicho eso, le dije que no se preocupara: correríamos y ya luego estaría al cien para volver a correr.

   Caballerosidad en riesgo

A mí me entró el pánico ¿y los números?, ¿las playeras?, ¿a qué hora vamos a llegar para empezar el calentamiento? Ya todo listo, dejamos en claro toda la logística, él traía los kits y le dije que no fuera a beber alcohol porque no la iba a contar al día siguiente, el señor no me hizo caso pero sí estaba muy preocupado porque no se acordaba como llegar a mi casa y él es un caballero (ah qué cosas: para mí la caballerosidad no estriba en eso, me sentí en una novela medieval).

                                               
A correr

El día llegó. me levanté muy temprano, hasta me cambié dos veces porque el clima era más húmedo de lo que me gustaría y minutos antes, justo cuando desayunaba comencé a sentirme realmente mal. Me tomé mi cóctel de pastillas, me recosté unos minutos y me fui. El lugar estaba medio lleno, encontré a mi amigo, fuimos a dejar mis cosas y a cambiarme, me dio la playera y justo ahí me cambié, me dice ¡no, no, aquí no, cómo te vas a desvestir! cosa que me hizo mucha gracia porque ya sabía que me tendría que cambiar, así que llevaba una blusa debajo de mi playera. Luego resultó que el señor siempre si salió, bebió mucho y no desayunó. Remedio: un snicker, una manzana y leche con chocolate. También se rehusó al calentamiento.
Dieron la salida y supe que esa carrera pintaba para mal: su condición: cero. No íbamos ni a medio kilómetro y el caballero andante ya iba rojo, verde, morado y su "corre sin mí" ya había salido de su boca. Bajé mi ritmo a un 95% , nos topamos a una amiga de mi amigo y la mujer era muy simpática, ella iba tomando fotos del evento, cero preocupaciones. En eso le dice

- Corre, vas camine y camine
-No, no, es que bajé el ritmo por mi amiga
- Ajá, ella va bien fresca y tú vas todo acabado

Así nos llevamos casi toda la carrera: platicas mixtas, de todo un poco y risas colectivas porque ante todo nos reíamos de nosotros. En un tramo, una señora que nos "arrebasó" (así dijo un tipo como unas diez veces. Pero ese es otro post) iba muy orgullosa de su triunfo y eso hirió mi orgullo, tanto que estuve a punto de dejar atrás a mi amigo y su otra amiga y correr a todo lo que doy y gritarle "en tu cara" porque ella sí dijo con sorna ¡bye muchachos! y se fue intentando correr con toda esa humanidad que cargaba. Pero me controlé. Mientras mis compañeros deliraban con gorditas rellenas de queso, picadillo, asado, con tamales, menudo, pozole. Pero mi hora de hacer pagar el comentario del postre había llegado: lo tomé de la mano y corrimos como si no hubiera mañana. Resultado: le dieron calambres, taquicardia ¡todo!, lo dejamos por la paz. Cuando llegamos a la meta, entendí el significado de kit de recuperación: se comió la pera, manzana, barritas integrales, bolsa gigante de chicharrones de cerdo, jugo ¡todo!

-Me voy a preparar y voy a correr contigo como se debe.
-Me puedo comer los postres que quiera
-Los que quieras. Te debo unos postres.

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